Ultra
Yamasaki me acompañó a la salida después de que todo terminara. Era extraño ir de la mano de un hombre tan mayor, de aquel anciano oriental; mis huellas dactilares no encontraban llanuras más allá de la cordillera de sus nudillos, tal era su nivel de arruga. Atravesamos tres cortinas muy espesas, igual que si hubiéramos permanecido encerrados en un bote de gelatina y por fin fuéramos capaces de sacar la cabeza por un lado, y luego el resto del cuerpo deshaciéndose a cámara lenta de un abrazo pegajoso.
Era más sencillo para Yamasaki, que no medía mucho más de metro y medio; yo a cada milímetro pensaba que me iba a dejar allí alguna capa, y que mi pellejo permanecería pegado a cualquiera de aquellas mucosas para que lo recogiera el siguiente que pasase en dirección opuesta. Pero conseguí salir de una pieza las tres veces. Luego subimos y volvimos a bajar. Luego bajamos más y subimos por fin a la superficie. El viejo truco de hacer rebotar la luz hasta que se cansase de buscar la entrada definitiva.
Pensaba en la suerte de haber nacido en la era postindustrial mientras esperaba mi transporte y mi piel tejía un traje de urgencia. No estaba mal visto pasear desnudo, pero no dejaba de ser una costumbre que se había abandonado bastante desde hacía un siglo y medio.
Pensaba en la mujer que quedaba dentro. Sin revisar todavía la impresión, que estaba tierna aún. Encerrada en aquella cámara oscura cuya localización se me había revelado únicamente después de cincuenta mil dólares y un par de esclavos. Pensaba en sus caderas, que fue lo primero que me penetró las yemas de los dedos, en la extremidad de sus contornos, tan alejados de lo que había conocido hasta ahora. En su pelo. No había tocado antes cabellos naturales, y tampoco podía decir que lo había hecho esta vez. Había sido ella quien me había rodeado la barbilla con su melena, quien me había paseado el cuello con sus puntas hasta ponerme el vello de todo el cuerpo en guerra y que así, levantadas las barreras, fuera más completa la exposición. Luego, justo después, la luz brillante un momento, el flash, sus ojos oscuros clavándose en mis ojos verdes genéticamente perfectos, sus labios y la promesa que esos labios inyectaban en mi cerebro al acercarme la voz al lóbulo y grabarla en mis áreas corticales.
Todo el proceso sináptico entonces a la velocidad del sonido, el aroma de su respiración, sus pies descalzos sobre mis pies descalzos, su abrazo sutil y al fin la luz granate para que la impresión terminase de ser absorbida por los poros.
Mis padres iban a matarme por el tatuaje, pero sólo se cumplen treinta años una vez en la vida. Además solo podrían verlo cuando me acercase a la luz Ultra, y no podrían negar mi buena elección.
Pensaba en la suerte de haber nacido en la era postindustrial mientras mi transporte ascendía. En los muchachos de los ochenta de los que me había hablado Yamasaki antes de entrar. Ella venía de allí, me había enseñado su certificado de pureza. Entonces se tardaban años en conseguir una impresión tan perfecta como la que nosotros obteníamos en segundos, y en el proceso muchos cuerpos quedaban dañados, consiguiéndose sólo en parte. Por ejemplo Yamasaki me decía que sus tatarabuelos pasaban las mañanas de los sábados abrazados para poder lograrla. Se lo contaban ahora, cuando los traía del pasado en jueves alternos y los paseaba por el futuro que nunca conocieron.
Me preguntaba si ella tenía una propia, que llevaba dentro a todas partes. Que ponía en el programador de sueños cada noche, como yo haría seguramente con la suya desde entonces.
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